¿TODAVÍA EXISTE EL INVIERNO?

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Hay algo curioso en los últimos años: llega diciembre y no siempre tenemos la sensación de que haya llegado el invierno. Miramos el calendario, sacamos algún abrigo del armario por si acaso y seguimos haciendo planes al aire libre. En enero podemos encontrarnos desayunando en una terraza al sol, mientras en otras partes del país las temperaturas obligan a echar mano de los guantes. Después aparece una semana de frío, volvemos a sacar los edredones y parece que todo recupera cierta normalidad. Hasta que deja de hacerlo.

No es una impresión exclusivamente nuestra. Las estaciones están cambiando y hay datos que permiten comprobarlo. Pero ¿qué está pasando exactamente? ¿Tenemos menos invierno o simplemente nos hemos acostumbrado a vivirlo de otra manera?

Para empezar, conviene recordar que las estaciones meteorológicas no coinciden exactamente con las astronómicas. Para los meteorólogos, el invierno comprende diciembre, enero y febrero; para el calendario astronómico comienza con el solsticio de diciembre y termina con el equinoccio de marzo. Una diferencia que puede parecer menor, pero que ayuda a entender cómo se estudian los cambios de temperatura a lo largo del tiempo.

La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) lleva décadas registrando estos comportamientos y sus datos muestran una tendencia clara: los inviernos españoles son cada vez más cálidos. El último balance disponible, correspondiente a 2025-2026, situó la temperatura media de la España peninsular en 7,6 grados, un grado por encima de la media de referencia del periodo 1991-2020. Fue el noveno invierno más cálido desde que comenzaron los registros en 1961. Además, los ocho inviernos anteriores también habían registrado temperaturas superiores a los valores habituales.

No significa que hayamos dejado de tener frío. Quien haya pasado una mañana de enero en Teruel, Burgos o cualquier localidad del interior sabe que el invierno todavía se hace notar. Lo que sucede es que los días fríos conviven con periodos más templados y, sobre todo, que la temperatura media ha ido aumentando. Es decir, podemos tener una semana de heladas y, poco después, varios días en los que parece que la primavera se ha adelantado.

¿Y por qué ocurre esto? La explicación principal está en el calentamiento global, relacionado con el aumento de los gases de efecto invernadero en la atmósfera. La quema de combustibles fósiles, como el petróleo, el carbón y el gas, el transporte, la industria y la deforestación contribuyen a este proceso. Estos gases retienen parte del calor que la Tierra emite y hacen que la temperatura del planeta aumente progresivamente.

No es algo que se traduzca simplemente en inviernos sin frío. El tiempo sigue siendo cambiante y las masas de aire que llegan a la Península pueden dejarnos episodios de temperaturas muy bajas, heladas e incluso nevadas. La diferencia está en que esos episodios se producen sobre un escenario de temperaturas medias más elevadas y, a largo plazo, los días de frío intenso y las heladas tienden a ser menos frecuentes.

También influye la circulación atmosférica; los anticiclones, las borrascas y las entradas de aire polar o subtropical condicionan el tiempo que tenemos cada semana. Su comportamiento explica que podamos pasar de unos días casi primaverales a otros en los que parece que el invierno ha decidido recuperar el terreno perdido. Los océanos, por su parte, absorben buena parte del exceso de calor del planeta y contribuyen a distribuirlo, influyendo también en la temperatura y la humedad de la atmósfera.

Hay otro dato especialmente interesante: un análisis publicado en el blog de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) en noviembre de 2023 estudió cómo ha evolucionado la duración del invierno en España entre 1940 y 2022. La conclusión fue que, en promedio, el invierno dura actualmente alrededor de un mes menos que a mediados del siglo XX. La reducción es especialmente significativa en algunas zonas del centro y del este peninsular. No significa que el calendario haya cambiado, sino que el periodo durante el cual se registran temperaturas propias del invierno es cada vez más corto.

Y no hace falta recurrir a los termómetros para encontrar algunas señales. Basta con observar los jardines, los árboles o las plantas de nuestros balcones. Hay floraciones que se adelantan, especies que prolongan su actividad y árboles que modifican el momento en que pierden las hojas. La naturaleza también responde a los cambios de temperatura y sus ciclos no siempre siguen ahora los mismos tiempos que hace unas décadas.

También hemos cambiado nosotros; el armario de invierno ya no siempre responde a una temporada tan definida. Las prendas de entretiempo se han convertido en compañeras habituales y el abrigo grueso puede pasar semanas esperando su oportunidad. En algunas ciudades mediterráneas, incluso, la terraza sigue siendo una opción bastante razonable durante buena parte de los meses que tradicionalmente asociábamos al frío.

Eso no significa que en todas partes ocurra lo mismo. España tiene una diversidad climática considerable. No se vive igual enero en Galicia que en Alicante, ni las necesidades de una vivienda en los Pirineos son las mismas que las de una casa en la costa valenciana. Tampoco las precipitaciones siguen necesariamente la misma tendencia que las temperaturas. De hecho, el invierno 2025-2026 fue muy húmedo en buena parte de la Península, aunque el litoral de la Comunitat Valenciana presentó un comportamiento más cercano a la normalidad. Temperaturas y lluvias son dos cuestiones distintas y conviene no confundirlas.

¿Y qué ocurre con las otras estaciones? Los veranos se han alargado en numerosas zonas, las primaveras pueden adelantarse y los otoños conservan temperaturas suaves durante más tiempo. No todos los años se comportan igual, ni podemos establecer una regla para cada región, pero la tendencia general está suficientemente documentada.

Los estudios científicos apuntan a que esta tendencia continuará. Los inviernos serán, en términos generales, más templados y habrá menos días de heladas. En las zonas de montaña, la nieve tenderá a permanecer durante menos tiempo y a reducirse su extensión, especialmente en las cotas más bajas. Son cambios que ya se están observando en distintas regiones europeas y que las proyecciones climáticas sitúan entre los efectos esperados para las próximas décadas.

En el sur de Europa, y especialmente en el entorno mediterráneo, las previsiones también señalan una mayor presión sobre los recursos de agua. Las temperaturas más altas, junto con los cambios en las precipitaciones, pueden favorecer periodos de sequía más prolongados. Eso no significa que vaya a llover menos en todos los inviernos ni que desaparezcan las lluvias abundantes. De hecho, pueden alternarse temporadas muy húmedas con otras especialmente secas, e incluso producirse episodios de precipitaciones intensas.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y la Agencia Europea de Medio Ambiente coinciden en señalar que el sur de Europa será una de las regiones más expuestas a estos cambios. Sin embargo, hay algo importante: el alcance del calentamiento dependerá también de las decisiones que se tomen en los próximos años. Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero puede limitar el aumento de las temperaturas y sus consecuencias. No todos los escenarios de futuro son iguales.

Esto no quiere decir que vayamos a dejar de tener semanas de frío o que las nevadas vayan a convertirse en algo excepcional de un día para otro. El clima no funciona como un calendario que cambia de una temporada a otra. Los científicos hablan de tendencias a largo plazo, no de lo que sucederá en un enero concreto. Lo que sí parece probable es que las generaciones futuras conozcan un invierno diferente al que recordamos de nuestra infancia.

Personalmente, creo que una de las cosas más interesantes de este cambio es cómo modifica nuestra relación con el paso del año. Durante mucho tiempo, cada estación tenía una personalidad bastante reconocible. Esperábamos el frío, las primeras tardes largas de primavera, el calor del verano y ese momento de octubre en que apetecía recuperar las chaquetas. Ahora las transiciones parecen menos ordenadas.

Quizá por eso seguimos preguntándonos cuándo llegará el invierno, aunque sepamos que estamos en él. No se ha marchado, ni tiene intención de hacerlo. Lo que ocurre es que ya no se presenta siempre de la misma manera.

Y, mientras tanto, habrá que seguir consultando el pronóstico antes de salir de casa. Porque una cosa es que enero venga más templado y otra muy distinta confiarse y dejar el abrigo en casa. El invierno todavía sabe sorprendernos.