CUANDO EL VERANO ABANDONA EL BOSQUE

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El otoño no empieza el día que lo dice el calendario. El monte, entre otras cosas porque no sabe qué día es, lleva tiempo preparándose.

Cambian las horas de luz, bajan las temperaturas, aparecen nuevos frutos y desaparecen algunos de los que había hasta hace nada. Plantas y animales empiezan a mover piezas para afrontar los meses que vienen. Cada uno con su estrategia. Y algunas son bastante más sensatas que las nuestras.

Los árboles de hoja caduca, por ejemplo, saben que mantener una hoja funcionando durante el invierno sale caro. Así que antes de soltarla hacen inventario: recuperan nutrientes, los guardan en raíces, troncos y ramas y desmontan la clorofila. Cuando el verde desaparece aparecen los amarillos, naranjas y rojos. Después, la hoja cae.

Y ahí empieza otro espectáculo que solemos pasar por alto.

Una hoja en el suelo no es basura. Es comida, refugio y materia prima. Hongos, bacterias, lombrices, ácaros e insectos se encargan de desmontarla poco a poco y devolver sus nutrientes al suelo. Además, la hojarasca protege la superficie, conserva humedad y amortigua los cambios de temperatura.

El bosque no tira nada porque tenga demasiado. Nosotros podríamos tomar nota.

También cambia la despensa. Bellotas, castañas, hayucos, frutos carnosos y semillas aparecen por todas partes y de repente el monte parece un supermercado sin cajeros.

Las ardillas esconden frutos secos para tiempos peores y, como tienen bastante menos memoria de la que les atribuimos en los dibujos animados, no recuperan todos. Algunos quedan enterrados, otros germinan, así que una ardilla que cree estar preparando la jubilación puede estar plantando árboles sin saberlo.

Las aves tienen sus propios planes. Algunas emprenden viajes de cientos o miles de kilómetros guiadas por cambios en la duración del día, la temperatura y la disponibilidad de alimento. Otras se quedan, pero cambian de dieta, horarios y refugios.

Por eso, si dejamos de ver determinadas aves, no significa que el bosque se haya quedado vacío. Simplemente algunos vecinos han hecho las maletas.

Los mamíferos también se organizan. Unos almacenan comida, otros buscan refugios y algunas especies entran en hibernación, reduciendo drásticamente su metabolismo para gastar lo mínimo posible. Los insectos tampoco se quedan mirando: pueden pasar el invierno como huevo, larva, pupa o adulto, escondidos bajo la corteza, entre las hojas o dentro del suelo.

Pero este año hay montes que tienen una preparación bastante más complicada: los que han sufrido incendios durante el verano.

Después del fuego, uno de los grandes problemas no siempre está en lo que vemos. Está en el suelo. Al desaparecer la vegetación que lo protegía, la lluvia golpea directamente sobre una superficie mucho más vulnerable. Aumenta la escorrentía, disminuye la infiltración y el agua puede llevarse cenizas, sedimentos y, lo más importante, suelo.

Y si hay pendiente, la montaña puede descubrir de golpe que el agua puede tener bastante mal carácter.

Por eso recuperar una zona quemada no consiste simplemente en llegar con un camión de árboles y plantarlos todos muy juntos para que parezca que hemos arreglado algo.

Primero hay que mirar qué ha pasado. Qué intensidad tuvo el incendio, qué suelo queda, qué pendiente hay, qué vegetación ha sobrevivido y cuánto puede hacer el propio monte sin que nosotros metamos la pala.

No olvidemos que el monte, aunque después de un incendio parezca muerto, muchas veces está bastante ocupado trabajando.

Algunas especies rebrotan desde raíces o cepas que han sobrevivido al fuego. Otras vuelven desde semillas que permanecen en el suelo. Y en determinados pinos, incluso el calor puede favorecer la apertura de los conos y liberar semillas.

Cuando hace falta echar una mano, existen medidas de restauración hidrológico-forestal: fajinas, cordones de madera, albarradas y pequeñas barreras colocadas siguiendo la pendiente para frenar el agua y retener suelo.

Incluso parte de la madera quemada puede quedarse allí.

Un árbol muerto puede convertirse en refugio, alimento y materia orgánica para muchos organismos. Eso sí: dejarla, retirarla o gestionarla depende de cada lugar y de cosas tan poco espectaculares como el riesgo de caída, la erosión o la aparición de determinadas plagas.

Después llega la parte que más nos gusta porque parece que no está pasando nada: empiezan a aparecer hierbas, hongos, insectos y pequeños invertebrados. Luego llegan otras especies, el suelo cambia. La vegetación cambia. Los animales vuelven, y poco a poco comienza una sucesión ecológica que puede durar años o décadas.

Un bosque mediterráneo no se reconstruye en una temporada, así que este otoño habrá montes llenos de frutos, hojas y movimiento, y habrá también laderas negras donde todavía cuesta imaginar un bosque.

Pero incluso en esas laderas puede estar ocurriendo mucho más de lo que parece.

Conviene agacharse de vez en cuando y mirar el suelo. Buscar un brote, un hongo, un insecto, una plántula diminuta.

Muchas veces la noticia más importante del monte no está en el árbol que tenemos delante sino en lo que, silenciosamente, ya está empezando a crecer debajo.