BÚHOS DE GUARDIA

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Cuando nosotros damos por terminado el día, hay unos cuantos vecinos que empiezan a trabajar. No hacen ruido, no encienden ninguna luz y, desde luego, no tienen ninguna intención de fichar. Búhos, lechuzas, mochuelos y autillos empiezan entonces su particular turno de noche, recorriendo campos, parques, jardines, tejados y rincones donde probablemente nosotros no miraríamos ni aunque nos pagaran.

Son las rapaces nocturnas y llevan millones de años haciendo algo que se les da especialmente bien: ver, escuchar y cazar en la oscuridad.

Aunque muchas veces hablamos de búhos y lechuzas como si fueran lo mismo, no lo son. Pertenecen al mismo orden, el de los estrigiformes, pero forman familias diferentes. Las lechuzas tienen ese rostro claro tan característico, con forma de corazón, mientras que muchos búhos lucen unos penachos sobre la cabeza que parecen orejas. No lo son. Las verdaderas orejas están bastante mejor escondidas y colocadas de una manera muy útil para localizar de dónde viene un sonido.

Y aquí empieza lo interesante, porque estas aves están llenas de detalles que parecen inventados. Tienen una visión adaptada a la poca luz, un oído extraordinariamente preciso y unas plumas que les permiten volar con una discreción sorprendente. El borde de sus plumas está preparado para reducir el ruido del aire durante el vuelo. Así pueden acercarse a una presa sin montar el espectáculo que cualquiera esperaría de un ave que viene a cenar.

La cabeza, además, puede girar hasta unos 270 grados. No, no pueden darse la vuelta como la niña de El exorcista, aunque la imagen resulte tentadora. Su cuello y su sistema circulatorio están adaptados para realizar esos movimientos sin quedarse sin riego sanguíneo. Y como no todo lo que comen puede pasar directamente por el aparato digestivo, después expulsan las famosas egagrópilas, unas pequeñas bolas en las que quedan pelos, huesecillos, plumas y otros restos que no han podido digerir. Para quien estudia naturaleza son una pequeña mina de información. Para una persona que las encuentra por primera vez, pueden parecer cualquier cosa menos el resultado de una cena.

Entre nuestras rapaces nocturnas hay auténticas maravillas. El autillo europeo, por ejemplo, es pequeño, discreto y bastante más fácil de escuchar que de ver. Su característico canto nocturno puede estar sonando cerca sin que consigamos localizar al responsable. El búho real juega en otra liga. Es una de las mayores rapaces nocturnas de Europa y tiene una presencia que impone bastante, incluso cuando está simplemente posado.

Y sí, algunos también viven en la ciudad.

No hay que imaginarse un búho instalado en el balcón del vecino, aunque algún día tampoco debería sorprendernos demasiado. Algunas especies utilizan parques, jardines, zonas ajardinadas, edificios antiguos y espacios periurbanos para descansar, reproducirse o buscar alimento. El autillo europeo, especialmente, puede aparecer en zonas verdes urbanas. Las ciudades no son un paraíso para ellos, pero cuando encuentran árboles, refugios, alimento y cierta tranquilidad, pueden adaptarse mucho mejor de lo que pensamos.

Además, su presencia tiene una utilidad enorme y bastante menos fotogénica que la de las fotografías de búhos con los ojos muy abiertos. Las rapaces nocturnas ayudan a controlar poblaciones de roedores, pequeños mamíferos e insectos. Una lechuza que sale a cazar durante la noche está haciendo, sin saberlo y sin que nadie se lo agradezca, un trabajo importante para el equilibrio del ecosistema.

Y precisamente por eso hay algo que conviene tener muy claro: un búho no es una mascota.

Que sean preciosos no significa que estén preparados para vivir en un salón, pasar el día sobre un guante o formar parte de una colección de animales exóticos. Tienen necesidades muy concretas, una alimentación especializada, necesitan espacio para volar y comportarse como lo que son: animales salvajes. El problema empieza cuando confundimos fascinación con domesticación.

En España, además, las rapaces están protegidas y la captura, posesión o comercio de ejemplares silvestres está sometida a una normativa específica. Así que ver una lechuza y pensar “qué bonita, me la llevaría a casa” puede ser una reacción comprensible. Hacerlo, no.

Lo mejor que podemos hacer con estas aves es dejarlas a su aire.

Que sigan saliendo cuando nosotros entramos en casa, que continúen cazando entre los árboles y que de vez en cuando podamos escuchar ese sonido nocturno que nos recuerda que, mientras dormimos, la naturaleza no cierra.

Tiene su propio turno de guardia.

ISLANDIA, UNA ISLA EN CONSTANTE EVOLUCIÓN

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Hay lugares que parecen estar terminados desde hace miles de años. Islandia no es uno de ellos. Esta isla del Atlántico Norte sigue cambiando, aunque lo haga a una escala de tiempo que nosotros apenas podemos percibir.

Está situada en una zona donde el suelo de Europa y el de América se van separando muy lentamente. Ese movimiento ocurre bajo nuestros pies y es una de las razones por las que Islandia tiene tantos volcanes. El país se encuentra, literalmente, sobre una zona de la Tierra donde el paisaje todavía se está formando.

Islandia apareció hace unos veinte millones de años como consecuencia de una intensa actividad volcánica. El resultado fue una tierra joven, moldeada por el fuego, el hielo, el agua y el viento. Y esos cuatro elementos siguen siendo los grandes protagonistas de su paisaje.

Uno de los ejemplos más conocidos es el Eyjafjallajökull (pronúnciese, más o menos, “éi-yaf-yat-la-yó-kut”), el volcán cubierto por un glaciar cuya erupción en 2010 provocó la cancelación de miles de vuelos en Europa. Para los islandeses, sin embargo, los volcanes forman parte de la vida cotidiana. No son solamente paisajes espectaculares que aparecen en las fotografías: son una presencia constante.

El hielo tiene también una importancia enorme. El Vatnajökull (pronúnciese “vat-na-yó-kut”) es el mayor glaciar de Islandia y cubre aproximadamente el ocho por ciento del territorio del país. Debajo de esa enorme masa de hielo existen volcanes y una compleja red de agua que, poco a poco, va excavando el terreno.

Cuando el hielo avanza y retrocede deja detrás un paisaje difícil de imaginar en otros lugares. Uno de los más impresionantes aparece en Jökulsárlón (pronúnciese “yó-kul-saur-lón”), una laguna glaciar donde enormes bloques de hielo se desprenden del glaciar y flotan lentamente hacia el mar.

Muy cerca está Diamond Beach, una playa negra donde algunos de esos fragmentos de hielo terminan depositados sobre la arena. El contraste entre el negro de la playa, el azul del hielo y el gris del océano hace que parezca un paisaje inventado, aunque todo lo que hay allí sea completamente natural.

El agua también ha hecho su trabajo durante miles de años. Islandia está llena de cascadas, ríos y desfiladeros. Algunas son enormes y otras aparecen casi escondidas entre las montañas.

Seljalandsfoss (pronúnciese “sél-ya-lands-fos”) es especialmente conocida porque se puede caminar por detrás de la caída de agua cuando las condiciones lo permiten. Skógafoss (pronúnciese “skóu-a-fos”), en cambio, cae desde una pared de unos sesenta metros y suele formar un arco iris cuando la luz atraviesa la nube de gotas que levanta el agua.

Y después está el mar.

La costa islandesa cambia completamente de aspecto según la zona. En el sur aparecen playas de arena volcánica negra como Reynisfjara (pronúnciese “réi-nis-fia-ra”), donde las olas del Atlántico golpean con fuerza contra la costa y las formaciones rocosas se levantan frente al mar.

En octubre, además, el paisaje empieza a cambiar de ritmo.

El verano termina y los días se acortan rápidamente. Las temperaturas bajan, las primeras nieves pueden aparecer en las zonas altas y la vegetación comienza a prepararse para el invierno. Islandia no tiene grandes bosques como los que encontramos en otros países del norte de Europa. Su vegetación está formada principalmente por hierbas, pequeños arbustos, musgos y líquenes.

El musgo tiene un protagonismo especial. Crece lentamente sobre los campos de lava y puede cubrir enormes extensiones de terreno, suavizando el aspecto de las rocas volcánicas. Es una vegetación aparentemente delicada, pero capaz de sobrevivir en unas condiciones bastante duras.

A veces se dice que Islandia tiene seis meses de día y seis meses de noche, pero no es exactamente así. Ese fenómeno ocurre en los polos. Islandia está más al sur, aunque su proximidad al Círculo Polar Ártico hace que la diferencia entre verano e invierno sea enorme.

Para entenderlo mejor, basta con mirar las horas de luz en Reikiavik. En junio hay alrededor de 21 horas de claridad y prácticamente no llega a hacerse de noche. En diciembre ocurre justo lo contrario: apenas hay cuatro horas de luz, aproximadamente entre las once de la mañana y las tres y media de la tarde.

En octubre, cuando llega el otoño de verdad, se pasa de unas 11 horas de luz a principios de mes a unas 8 horas a finales. Y el cambio se nota rápidamente: cada semana oscurece un poco antes.

Además, no todo termina cuando se pone el sol. En verano queda luz en el cielo durante buena parte de la noche, mientras que en invierno los largos crepúsculos hacen que el amanecer y el anochecer se prolonguen durante bastante tiempo.

Este cambio afecta a las personas, pero también a todo lo que vive en la isla. Nuestro cuerpo utiliza la luz para regular el sueño y otros ritmos diarios, de manera que pasar del verano casi sin noches al invierno con apenas unas horas de luz supone una adaptación importante.

Las plantas también tienen su propio calendario. Durante el verano aprovechan esas jornadas interminables para crecer, florecer y producir semillas antes de que llegue el frío. Los animales, por su parte, ajustan sus ciclos de alimentación, reproducción y migración a la cantidad de luz disponible.

Las aves migratorias son un buen ejemplo. Algunas llegan a Islandia durante los meses de mayor luz, cuando encuentran abundante alimento y buenas condiciones para criar. Cuando los días empiezan a acortarse, muchas emprenden de nuevo el viaje hacia el sur.

Y cuando llega la noche, si el cielo está despejado y la actividad del Sol es suficiente, puede aparecer uno de los espectáculos naturales más conocidos de Islandia: la aurora boreal.

Una aurora se produce cuando partículas procedentes del Sol llegan hasta la atmósfera terrestre y chocan con los gases que la forman. Esas colisiones liberan energía en forma de luz. El resultado son esas cortinas que parecen moverse por el cielo, normalmente verdes, aunque también pueden aparecer tonos violetas, rosas o rojizos.

No es una nube iluminada ni un reflejo. Es el resultado de la actividad del Sol interactuando con la atmósfera de nuestro planeta.

Para observarlas hacen falta oscuridad y cielos suficientemente despejados. Por eso octubre ya es un buen momento para empezar a buscarlas, aunque nadie puede garantizar que aparezcan una noche determinada. Dependen de la actividad solar y de las condiciones del cielo.

Durante el día puedes encontrarte frente a un glaciar, caminar junto a una cascada o contemplar un campo de lava cubierto de musgo. Por la noche, si tienes suerte, el cielo puede convertirse en otra parte del paisaje.

El cambio de luz no es lo único al que tienen que adaptarse los animales islandeses. El frío, el viento, la escasez de árboles y la dureza del terreno también condicionan la vida.

En tierra, uno de los animales más característicos es el zorro ártico, el único mamífero terrestre nativo de Islandia. Su presencia en la isla se remonta a mucho antes de que llegaran los seres humanos. Su pelaje cambia con las estaciones y le permite soportar unas condiciones que no parecen precisamente cómodas.

El verdadero espectáculo de la fauna, sin embargo, se encuentra también en el mar.

Las aguas que rodean Islandia son frecuentadas por ballenas jorobadas, rorcuales comunes, delfines y orcas. Húsavík (pronúnciese “jú-sa-vik”), en el norte del país, es uno de los lugares más conocidos para observar cetáceos.

El océano que rodea la isla es una fuente de alimento fundamental y explica buena parte de la riqueza de su fauna. Las corrientes marinas llevan nutrientes hasta estas aguas y favorecen la presencia de peces y pequeños organismos que sostienen una cadena alimentaria en la que participan desde aves marinas hasta algunos de los animales más grandes del planeta.

También están los acantilados y las aves marinas. Frailecillos, alcatraces y araos ocupan las costas durante la época de cría. En otoño, muchas especies abandonan la isla y emprenden su migración, dejando los acantilados mucho más silenciosos.

Islandia también ha sabido aprovechar la energía que tiene bajo sus pies. La actividad volcánica proporciona una enorme cantidad de energía geotérmica, utilizada para calentar viviendas y producir electricidad. A ella se suma la energía hidroeléctrica de sus ríos y del agua procedente de los glaciares.

Es otra consecuencia de vivir sobre una tierra tan activa. Lo que en otros lugares podría parecer un fenómeno geológico lejano, en Islandia forma parte de la vida cotidiana.

Y quizá esa sea la mejor manera de entender el país.

Islandia no es solamente una colección de paisajes espectaculares. Es un lugar donde se puede observar, de una manera especialmente clara, cómo el planeta condiciona la vida que existe sobre él.

Los volcanes crean terreno nuevo. Los glaciares lo erosionan. El agua abre caminos entre las rocas. El musgo coloniza lentamente los campos de lava. Las aves llegan cuando hay alimento y se marchan cuando cambia la estación. Las plantas aprovechan las interminables horas de luz del verano y sobreviven después al largo invierno.

Islandia es, en cierto modo, un lugar donde se puede observar cómo la Tierra siempre está en movimiento y no deja de evolucionar.