
Hay ocasiones en las que la naturaleza no necesita dar demasiadas explicaciones para recordarnos quién manda. No avisa con una carta ni llama antes de entrar. Habla con el viento, con el agua, con el fuego, con la tierra que tiembla bajo nuestros pies o con una montaña que, después de permanecer aparentemente tranquila durante años, vuelve a demostrar que sigue estando viva. Un huracán, un tifón, una DANA, una nevada importante, un volcán, un tsunami o un terremoto pueden cambiar la vida de miles de personas en cuestión de horas, y cuando ocurre, siempre aparece la misma sensación de incredulidad ante la fuerza de algo que parecía posible de controlar.
Lo cierto es que controlar la naturaleza no está en nuestras manos, pero reducir las consecuencias de muchos de estos fenómenos sí puede estarlo. Y ahí es donde empieza una conversación que quizá deberíamos tener mucho antes de que llegue la siguiente emergencia, porque una cosa es enfrentarse a un fenómeno extraordinario y otra muy diferente es descubrir, cuando ya tenemos el agua hasta las rodillas, que había infraestructuras que no estaban preparadas, cauces que llevaban años sin limpiarse, zonas urbanizadas donde nunca deberían haberse levantado viviendas o planes de emergencia que existían sobre el papel pero que nadie conocía.
En España, sabemos perfectamente que determinados territorios son especialmente vulnerables a inundaciones, que existen zonas expuestas a terremotos, que las nevadas pueden dejar incomunicados algunos municipios y que determinados fenómenos meteorológicos pueden descargar en pocas horas una cantidad de agua capaz de desbordar cualquier previsión mal planteada. Lo sabemos porque ha ocurrido antes y, en algunos lugares, ha ocurrido muchas veces. También contamos con satélites, radares meteorológicos, sistemas de alerta, científicos, técnicos y servicios de emergencia que llevan años acumulando conocimientos y experiencia. Por eso resulta difícil entender que, después de cada desastre, volvamos a comportarnos como si acabáramos de descubrir que estas cosas pueden suceder.
La prevención no tiene la espectacularidad de una emergencia. No hay sirenas, helicópteros ni imágenes de carreteras convertidas en ríos cuando se está revisando un plan de evacuación y tampoco hay demasiados titulares cuando un ayuntamiento estudia qué zonas podrían quedar aisladas durante una nevada o cuando se revisan los protocolos que deberían activarse ante una inundación. Sin embargo, todas esas actuaciones pueden marcar una diferencia enorme cuando llega el momento en que dejan de ser teoría y se convierten en una necesidad.
También tenemos una asignatura pendiente con la educación, porque saber reaccionar ante una emergencia debería formar parte de los conocimientos básicos de cualquier ciudadano. En los colegios se podría enseñar desde edades tempranas qué hacer durante un terremoto, cómo actuar ante una inundación, por qué nunca hay que intentar atravesar una corriente de agua aunque parezca poco profunda, cómo se realiza una evacuación o qué significa realmente una alerta de Protección Civil. No se trata de llenar a los niños de miedo, sino de darles herramientas para que, llegado el momento, sepan reaccionar con algo más que los nervios y la improvisación.
Y esa educación no debería terminar en el colegio. Los adultos también necesitamos saber cómo actuar cuando las circunstancias se complican. Saber dónde encontrar información oficial, tener claro qué hacer si se ordena una evacuación, disponer de algunos elementos básicos en casa y, sobre todo, entender que las recomendaciones de los servicios de emergencia no son sugerencias que podamos seguir únicamente cuando nos vienen bien, puede evitar situaciones que después obligan a poner en riesgo a otras personas para rescatarnos.
No entiendo porqué todavía existe la peligrosa costumbre de pensar que las grandes catástrofes siempre ocurren en otro lugar. Hasta que dejan de ocurrir en otro lugar. Una riada no entiende de horarios, un terremoto no espera a que terminemos de trabajar, una nevada no sabe que tenemos una cita importante y un tsunami no va a detenerse porque haya un paseo marítimo lleno de coches. La naturaleza tampoco distingue entre quien estaba preparado y quien llevaba años convencido de que aquello no podía sucederle.
Por eso las administraciones tienen una responsabilidad evidente, pero la ciudadanía también debe asumir la suya. Hacer los deberes significa planificar antes de construir, respetar las zonas de riesgo, mantener las infraestructuras, mejorar los sistemas de alerta, invertir en protección civil y escuchar a quienes llevan años estudiando estos fenómenos. Significa, además, que los planes de emergencia no pueden ser documentos guardados en un despacho que nadie consulta hasta que ocurre una desgracia; tienen que estar actualizados, conocidos y, cuando sea necesario, ensayados.
La naturaleza seguirá hablando y, probablemente, lo hará con más frecuencia y con episodios que nos obligarán a estar cada vez mejor preparados. Podemos discutir durante horas sobre las causas, sobre si un fenómeno concreto era previsible o sobre qué parte corresponde a la propia naturaleza y cuál a nuestras decisiones, pero hay algo mucho más práctico que deberíamos tener claro: cuando conocemos un riesgo, ignorarlo no lo hace desaparecer.
Prevenir no significa que podamos evitar todos los desastres, porque hay fenómenos frente a los que poco podemos hacer cuando llegan con toda su fuerza. Significa algo mucho más sencillo y mucho más importante: llegar a ese momento con los deberes hechos, con las infraestructuras preparadas, con las autoridades coordinadas y con ciudadanos que sepan qué hacer.
La naturaleza habla. Lleva haciéndolo desde mucho antes de que nosotros estuviéramos aquí. El problema no es que no sepamos escucharla; el problema es que demasiadas veces preferimos hacerlo cuando ya es demasiado tarde.