
Cuando llega el frío, el Mediterráneo cambia el humor. Llegan las borrascas, las playas se quedan casi vacías y el agua pierde temperatura. Nosotros sacamos los abrigos y buscamos algo calentito, pero ¿qué hacen los animales que viven permanentemente en ese mar que compartimos?
Entre ellos está la tortuga boba (Caretta Caretta), una viajera extraordinaria que recorre grandes distancias y que también encuentra en nuestras costas alimento, refugio y zonas para desovar sus huevos. Su vida es mucho más compleja de lo que parece cuando asoma la cabeza entre las olas.
Y no, no se mete en una cueva submarina a dormir hasta la primavera. La naturaleza tiene sus propios planes.
La tortuga boba es un reptil ectotermo. Dicho sin rodeos, su temperatura corporal depende en gran medida de la temperatura del entorno. A diferencia de nosotros, no mantiene una temperatura interna constante mediante la producción continua de calor.
Cuando el agua se enfría, su metabolismo y su actividad pueden disminuir. Sus movimientos también pueden cambiar, aunque no todas las tortugas reaccionan igual. Algunas permanecen en zonas favorables y otras continúan desplazándose en busca de alimento o de condiciones ambientales más adecuadas.
El Mediterráneo es importante para esta especie durante distintas etapas de su vida. Muchos ejemplares juveniles encuentran aquí zonas donde alimentarse y crecer, mientras que otros individuos recoren grandes distancias entre sus áreas de alimentación y reproducción.
Además, en sus costas se han registrado puestas de tortugas marinas en playas españolas, también en la Comunidad Valenciana. Un fenómeno que despierta interés científico y que exige vigilancia, porque los huevos y las crías necesitan condiciones adecuadas para desarrollarse.
Conviene desmontar una idea bastante extendida: estos animales no pasan necesariamente el invierno dormidos en el fondo del mar. Pueden reducir su actividad cuando las condiciones lo requieren, pero sus movimientos dependen de muchos factores: la temperatura del agua, las corrientes, las disponibilidad de alimento y su etapa vital. No existe una única estrategia invernal para todos los ejemplares.
El frío puede convertirse en un problema cuando las temperaturas son demasiado bajas durante un periodo prolongado. En determinadas circunstancias aparece el llamado cold stunning, o aturdimiento por frío, que puede provocar una pérdida importante de actividad y alteraciones fisiológicas.
Sin embargo, una tortuga debilitada que aparece en la playa no tiene por qué sufrir este problema. También puede estar herida, enferma o haber quedado atrapada accidentalmente en un arte de pesca.
Y aquí es donde el asunto deja de ser de termómetros y empieza a hablar de nosotros, los seres humanos…
La pesca accidental es una de las amenazas más importantes para las tortugas marinas. Una captura puede provocar agotamiento, lesiones o problemas de flotabilidad. Si el animal asciende demasiado rápido desde aguas profundas, los cambios de presión pueden ocasionarle una embolia gaseosa, una lesión que requiere atención veterinaria.
Los plásticos también representan un peligro. Una bolda flotante puede confundirse con alimento y los cabos abandonados pueden enredarse en las aletas. A esto se suman las colisiones con embarcaciones y la degradación de los hábitats costeros.
La buena noticia es que muchas tortugas pueden recuperarse si reciben ayuda a tiempo, y en esa recuperación hay algo que merece reconocimiento: la colaboración entre pescadores, equipos de rescate, veterinarios y científicos.
En abril de 2021, la playa de Voramar, en Benicàssim (Castellón), fue escenario de la liberación de tres tortugas recuperadas en el ARCA del Mar del Oceanogràfic de Valencia.
Una de ellas, bautizada como Voramar, pesaba unos 56 kilos. Había sido capturada accidentalmente por una embarcación de arrastre en Benicarló y llegó al centro con una embolia gaseosa severa. Tras recibir atención veterinaria, puedo regresar al Mediterráneo junto a las otras dos, llamadas Esperanza y Marina.
La historia demuestra que una captura accidental no tiene por qué terminar en tragedia. La intervención rápida de los pescadores y la atención especializada pueden ofrecer una segunda oportunidad.
En un centro de recuperación, cada animal recibe una evaluación individual. Los profesionales comprueban su estado general, realizan las pruebas necesarias y establecen el tratamiento adecuado. Después siguen su evolución, su alimentación y su capacidad para nadar antes de decidir si está preparado para volver a vivir en libertad.
Por todo ello, si encuentras una tortuga marina varada, herida o aparentemente inmóvil en la playa, no intentes devolverla al agua ni manipularla. Llama al 112 y sigue las instrucciones de los profesionales.
También podemos contribuir evitando dejar residuos en la costa, reduciendo los plásticos desechables y respetando las zonas de nidificación señalizadas.
Aunque parezca poca cosa, puede marcar la diferencia entre una tortuga que no consigue regresar al agua y otra que vive libre en el mar.