LA FLORA QUE VIENE:QUÉ PLANTAS SOBREVIVIRÁN A ESTE PLANETA MÁS CÁLIDO

Quien tenga la costumbre de observar las plantas sin prisa sabe de sobra que el paisaje no es algo estático. Cambia con el giro de las estaciones, claro que sí, pero también lo hace año a año de una forma mucho más sutil y silenciosa.

El cambio climático no es únicamente ese titular de periódico que nos muestra glaciares gigantescos derritiéndose en los polos o incendios voraces devorando hectáreas de pinar durante el verano. Es también una transformación progresiva en el ritmo de los brotes primaverales, en el tono del follaje al final de agosto y en el mapa de todo aquello que verdea a nuestro alrededor.

Las plantas no tienen la facultad de recoger sus raíces del suelo y marchar en busca de un lugar más fresco cuando el sol aprieta. Sin embargo, sería una muestra de profunda ignorancia por nuestra parte pensar que están completamente indefensas.

El reino vegetal posee recursos francamente extraordinarios para hacer viajar sus semillas a kilómetros de distancia, aguantar periodos interminables de sed o colonizar terrenos que hasta hace bien poco les resultaban hostiles. Por eso, la gran pregunta que debemos hacernos no es qué flores o árboles iremos perdiendo, sino qué tipo de vegetación van a heredar las generaciones venideras.

Las dinámicas del clima están alterando profundamente los tres pilares básicos de la vida vegetal: la disponibilidad real de agua en el sustrato, el rango de las temperaturas y la duración de las estaciones.

En las zonas de alta montaña, por ejemplo, muchas especies autóctonas están ganando metros de altura de forma paulatina en busca del ambiente fresco que va desapareciendo de las laderas inferiores. El verdadero drama botánico aparece cuando alcanzan las cumbres: más arriba de los picos ya solo queda el cielo, y en esas cotas la falta de espacio físico no perdona a nadie. Las especies especializadas de cumbre se quedan literalmente sin mapa donde refugiarse.

En el ámbito del Mediterráneo, donde las sequías estivales son una vieja conocida desde hace milenios, las cosas se están poniendo verdaderamente serias.

Que un matorral de tomillo, una encina centenaria o un espeso lentisco sepan soportar meses enteros sin recibir una sola gota de lluvia no significa que sus tejidos biológicos puedan aguantar olas de calor abrasador encadenadas una tras otra. Hay un límite biológico en la resistencia celular de cualquier ser vivo, por muy rústico que sea.

Cuando una planta desaparece del monte que rodea nuestro pueblo, no estamos perdiendo simplemente un nombre técnico en un catálogo de botánica. Se resquebraja de golpe la estabilidad de toda la comunidad ecológica.

Un bosque o un matorral no es una mera colección estática de árboles, sino una compleja red interconectada. Las raíces sujetan la tierra frente a la erosión de las lluvias torrenciales, la sombra mantiene la humedad del suelo y la vegetación proporciona cobijo y alimento a infinidad de aves e insectos. Perder poblaciones locales implica perder diversidad genética, esa biblioteca biológica secreta de soluciones que les permitiría adaptarse a las perturbaciones del mañana.

Por supuesto, la naturaleza no se queda cruzada de brazos ante el desafío.

Existen semillas con estructuras prodigiosas capaces de permanecer en estado de latencia bajo la tierra durante años enteros, esperando pacientemente una lluvia favorable. Otras plantas desarrollan sistemas radiculares que se hunden a profundidades inverosímiles en la roca, o bien apresuran su ciclo vital completo para florecer y dar fruto en apenas tres semanas ventajosas antes de que llegue la canícula.

Sin embargo, el proceso de la evolución genética mediante selección natural requiere un margen de tiempo del que hoy no disponemos.

El aumento térmico actual es demasiado acelerado para la biología parsimoniosa de un árbol de madera dura. Un roble o un pino carrasco no pueden modificar su código genético ni sustituir a toda su población por descendientes más resistentes en cuestión de cuatro o cinco veranos calurosos. Por esa razón, no veremos surgir especies milagrosas de la noche a la mañana, sino más bien la rápida expansión de las especies más ruderales y oportunistas.

Este fenómeno de transformación no se detiene en absoluto en la superficie terrestre. Bajo la lámina de agua de nuestros ecosistemas acuáticos, la marea del cambio es exactamente igual de profunda.

Las praderas submarinas de posidonia en las costas de nuestro mar, fundamentales para fijar el carbono y frenar el oleaje, sufren un deterioro severo cuando la temperatura del agua se dispara durante semanas. Al mismo tiempo, en los cauces de los ríos y en los embalses, el exceso de calor sumado a los nutrientes sobrantes de la agricultura intensiva provoca explosiones masivas de algas que asfixian la flora autóctona.

El paisaje vegetal de las próximas décadas será una mezcla compleja de pérdidas, adaptaciones y bastantes sorpresas imprevistas.

Quizá en unos años nos resulte habitual ver floraciones totalmente desasincronadas del calendario tradicional o contemplar cómo especies propias del sur ibérico van colonizando territorios situados mucho más al norte.

No se trata en absoluto de sentarse a esperar con los brazos cruzados a que la botánica resuelva sola el entuerto, ni de dejarse llevar por discursos apocalípticos sin salida.

Las plantas llevan cientos de millones de años sobre la faz de la Tierra y han demostrado una capacidad soberbia para superar crisis brutales. La diferencia sustancial es que nunca antes habían tenido que encajar un golpe térmico tan acelerado sobre un territorio tan fragmentado por carreteras, ciudades y cultivos.

Cuidar la vegetación autóctona, conservar colecciones de semillas, proteger los humedales y evitar el uso de plantas invasoras en la jardinería no es un simple capricho estético para tener una postal bonita. Es, sencillamente, la única forma de sostener la red viva que hace posible nuestra propia existencia.